Durante mucho tiempo se creyó que El bibliotecario de Giuseppe Arcimboldo, el famoso manierista del cinquecento, representaba, en su alucinado y extemporáneo estilo, al estudioso compulsivo -es decir, al erudito- además de al celoso guardián de tesoros impresos. Nada más sencillo y concluyente dado que su arte, vinculado al proceso mental que en psiquiatría se conoce como pareidolia (interpretación de imágenes aleatorias -en la corteza de los árboles, en las nubes, en las manchas de humedad, en los contrastes de luces y sombras- como rostros), relacionaba los animales, vegetales y objetos utilizados en sus composiciones con el tema desarrollado en ellos (frutas, flores y hojas secas, para su serie Las estaciones; pájaros, peces y leña en llamas, para Los cuatro elementos, etc.)
En años recientes, sin embargo, se ha considerado la posibilidad de que ciertos retratos no sean meras alegorías sino representaciones satíricas realizadas con cierta fina inquina. Interpretación a todas luces sencilla y concluyente si se considera como ejemplo de esta nueva especulación a El jurista, obra de 1566, en la que recurre, para lograr la anamorfosis deseada, a un pollo desplumado, a una rana decapitada y a un pez retorcido, con los que consigue crear una sensación de fealdad viscosa que nada cuesta asociar a un ámbito tan cuestionado a lo largo del tiempo como el de la justicia.
Menos explícito pero igual de malintencionado parece ser el caso de El bibliotecario. El cuadro, que se conserva en el castillo de Skokloster, Suecia, y al parecer no es un original sino una copia tardía (y hasta el ojo profano puede apreciar la dureza, la falta de plasticidad, al confrontarlo con otras obras suyas), no tenía título. La denominación con que se lo conoce es del tiempo de estas nuevas consideraciones sobre el arte de Arcimboldo, que datan del siglo XX. Sin embargo, señas en el cuadro -o falta de ellas- lo alejarían del sentido alegórico que se le ha asignado y lo acercarían a la idea del bibliomaníaco, de aquel que adquiere libros no para leerlos sino para solazarse en su posesión y acopio. E, hilando fino, yendo más allá de la simple idea de coleccionismo, la obra podría llegar a considerarse la representación de quien, sin ser un verdadero estudioso, actúa como tal, construyendo y blindando su imagen con mera cultura libresca. Tal parece haber sido el caso de Wolfgang Lazius, bibliotecario de la corte de los Habsburgo, a quien Arcimboldo, pintor oficial de esa misma corte, habría retratado no sin saña sutil.
Todo lo anterior viene al caso para explicar por qué hemos elegido como imagen totémica de este espacio el retrato del artista milanés, pero en una copia del humanista alemán George Harsdörffer que nos parece encantadora y más artística que el original, aún en su dureza de aguafuerte.
Como Lazius y tantos otros "fraudes de sabiduría", el librero proyecta una imagen de sabelotodo que, salvo excepciones extraterrestres (las hay), está muy lejos de poder sostener. Se mueve en un ámbito cultural abrumador, imposible de aprehender; huelga aclararlo. Pero su oficio exige, además de predisposición y diligencia, enviar a sus clientes el guiño de que sí entiende de qué se le habla. Como dijimos, es absurdo pensar que alguien pueda deglutir todo el conocimiento contenido en una librería, en especial una de calle Corrientes. Es necesario entonces, para evitar el bochorno de decir no o desconozco a cada pregunta recibida a quemarropa, impostar conocimiento.
¿Sincericidio? ¿Exceso de honestidad? Para nada; cada cual en lo suyo, todos representamos un papel. "La vida es teatro". ¿Quién dijo esta verdad que se cae de madura? ¿Cómo vivir sobre el tembladeral que es la existencia, recorriendo caminos plagados de incertezas? Imaginemos, en este angustiante tiempo de pandemia, a un médico respondiendo sistemáticamente "no sé", "no sé", a cada pregunta que sobre el tema le hiciera un paciente de covid...
Lecturas de contratapas, de reseñas, de prólogos (cuando no son extensos); vistazos a índices, colofones, pies de imprenta; abanicado de páginas y brusca detención para leer un párrafo cualquiera, como en un acto de bibliomancia o de lectura mediánica... todo eso conforma lo que se conoce en la jerga librera como cultura de solapa, útil no sólo para quedar bien parado sino para brindar ese simulacro de certeza que deja tranquilo al visitante.
Pero no se crea que el librero es un bot, una especie de dispositivo binario que procesa información ligera para ofrecer respuestas como minutas en un bar. Suele ser un buen lector cuyas preferencias, por desgracia, no cubren más que una porción mínima del conocimiento que demanda el oficio. Ahora bien, cuando los intereses de vendedor y cliente coinciden, es como si un arco voltaico se tendiera entre ambos, algo parecido al amor a primera vista que suele prosternar al segundo (porque el primero sabe cómo actuar, cómo mantener una calma que lo pone en ventaja), y no es raro que ese flechazo devenga amistad duradera...
Como el maltratado Lazius en su corte habsburguesa, el librero se forma por sedimentación de lecturas, de libros pero sobre todo de información periférica, como acabamos de ver. No hay método para la monstruosa empresa de sumar conocimientos al tuntún, sobre el vamos. El desorden es cuantioso e inevitable porque a un libro solicitado del que se ignora todo o casi todo, lo sigue otro difícilmente compatible con el anterior, dada la multiplicidad de intereses en la galaxia de la demanda. Es toda una aventura, más tortuosa que agradable, que tiene mucho de ruleta rusa cultural: cada tanto, un tiro feliz...
La idea central de este espacio es el placer. Ante todo el propio, ese que nos deparan ciertas lecturas que rara vez podemos compartir con desconocidos, salvo cuando mediante una finta discursiva llevamos la charla hacia el terreno que nos conviene, por lo general agobiando al cliente hasta frustrar una operación segura, pues al notar que el otro no se mueve de su interés nuestra predisposición suele torcerse hasta volverse histriónicamente negativa. Afortunadamente para la buena salud de la venta esto es infrecuente.
También nos interesa el placer del lector, por supuesto, pero como tenue consecuencia del nuestro. Descontamos que cuando los planetas se alineen, todo será felicidad en este blog, blog que, como ya habrá notado el lector, se parece mucho a una revancha. Pues ¿qué librero no ha soñado con vender exclusivamente lo que le gusta?
Hablando casi en serio, lo que ofrecemos tras tanta cháchara es un catálogo de sugerencias, de lecturas desde el entusiasmo, esas que a lo largo del tiempo nos han hecho suspirar al cerrar el libro y conservamos en una suerte de sagrario personal. Es decir, la librería ideal.
Cada elección irá precedida de unas pocas líneas en las que el librero se refiera menos al contenido de la obra -ese es trabajo de la contratapa- que al sedimento imborrable de su feliz experiencia de lector.
No sólo discurrirán por sus páginas los libreros que ocupan hoy un lugar en la calle Corrientes sino también los que han tenido su paso por ella e, inclusive, algunos que merecerían ser parte de la cofradía a pesar de no haber estado predestinados.
Con aciertos y desaciertos, cargadas de extrema subjetividad pero honestas hasta donde el gusto, el amor propio o la deformación profesional permiten, van estas sugerencias que ojalá resulten útiles -o inútiles, en el sentido en que Oscar Wilde se refiere a la inutilidad del arte- para quienes frecuenten este espacio.
Libreros de la calle Corrientes
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