Los Borgia: el deseo y la sangre

Un desencuentro marital me empuja a escribir sobre el impactante final de Los Borgia, la suntuosa serie de Neil Jordan aparecida en 2011 y que se extendiera, a lo largo de tres temporadas, hasta junio de 2013.

Suntuoso el guión, suntuosos los decorados y locaciones, suntuoso el vestuario de la exquisita Gabriela Pescucci, suntuosas las actuaciones (con el incomparable Jeremy Irons a la cabeza en el papel del Papa Borgia que no podría mejorar ni el mismísimo Alejandro VI si sacudiera el polvo de su mortaja y volviera al sitial de San Pedro)... Imagino los sueños de Jordan cuando daba vueltas a su idea, en ciernes aún. Sueños poblados de terciopelos cárdenos, liturgias católicas, ruinas paganas, cuerpos desnudos entre sedas, antorchas, puñales ensangrentados y, a la luz de las lámparas votivas, de la letal fosforescencia de los venenos. Casi puedo sentir en mi propio cuerpo sus contracciones de placer ante el chispazo onírico de una escena y la inminencia de una polución irresistible. Y verlo anotar frenéticamente sus visiones, rodeado de los volúmenes que lo cebaran como la carne cruda a un leopardo (Dumas, Symonds, Swinburne, Apollinaire...) y también de muchos libros de arte, amén de incontables reproducciones adquiridas en museos italianos, como debe ser tratándose de un renacentista de fuste. Porque hablo de  una obra que celebrarían Leonardo, Rafael o Cellini si fueran contemporáneos nuestros.

Podría pasarme una noche entera (no se puede escribir sobre los Borgia a la luz del día) hablando de tal o cual escultura del Cinquecento, de la agonía de un cardenal envenenado, del delicado perfil de Lotte Verbeek (Giulia Farnese); de la aniñada y pícara Lucrecia, de un vestido de brocado, del modo casi pornográfico -por la lascivia que trasunta su rostro y el obsceno movimiento de una mano- con el que Irons sorprende a una joven disfrazada de artesano arrancándole el gorro y revelando su caudalosa cabellera rubia; del fasto con que es conducida a Roma, encadenada, la Tigresa de Forli; de la muerte por fuego del deslenguado Savonarola, del asesinato del duque de Gandia, del gay saber del sicario de César Borgia... En fin, de todo lo que exorna esta maravillosa serie que tiene el sello de agua de otros trabajos de Jordan de parecida sensualidad estética (En compañía de lobos, Entrevista con el vampiro, Byzantium).

Pero quiero referirme sólo a la última escena, a su "cortante final", según mi ofuscada esposa.

Para describirlo, debo hacer una revelación. Así que quien no haya visto la serie y piense hacerlo, absténgase de seguir leyendo. El que avisa...

En una situación confusa, César Borgia hiere gravemente al esposo de su hermana, Alfonso de Aragón. Lucrecia, que no ama a Alfonso pero siente por él un afecto fraternal, lo socorre mientras culpa a César del hecho luctuoso. La muerte del príncipe de Salerno allanaría el camino entre los dos hermanos que se aman más allá de los límites del incesto. Jordan plasma delicadamente esa pasión enfermiza en una sucesión de gestos insinuantes a lo largo de la serie que cierta noche acaban con Lucrecia en la cama de César y con la inevitable consumación de su deseo. (La Historia habla de ello, lo sugiere de mil y un modos. Incluso hay quienes arriesgan que Lucrecia quedó embarazada de César, que el supuesto hijo de Alfonso -que no aparece en la versión de Jordan- era en realidad de su hermano. Sospecha demasiado bella para negarla.)

A una orden de Lucrecia, Alfonso es trasladado -en una escena que parece guionada por John Ford, el dramaturgo isabelino- a la cama matrimonial convertida en catafalco. La agonía de Alfonso es larga. Su sangre empapa las sábanas, mancha el vestido y el rostro de Lucrecia, las manos y la chaqueta de su cuñado. El pobre príncipe se retuerce en la cama con un rojo manantial en el vientre hasta que al fin expira. Y es este el momento que elige Jordan para estampar su perverso final: un fúnebre ménage à trois. Un primer plano con Alfonso muerto -el torso, el rostro, la mirada fija en el dosel de la cama-; apenas más allá, Lucrecia acostada boca arriba, llorando a mares, y César sobre ella, colmándola de tiernos besos en la frente, los ojos, las mejillas... Hasta que encuentra su boca -que su hermana no le niega- y estalla su deseo en un grito apenas contenido, susurrado con rabia ("¡Eres mía, mía!") que, a pesar de su previsibilidad, hiela la sangre.

Le explico a Sandra que ese cierre es el fa sobreagudo, la nota más alta de una obra cuyas constantes son el deseo y la sangre. Todo lo que han hecho los hermanos Borgia, bajo la inmoral tutela de su padre, los conduce a ese finale. Tal vez cuestiones de contrato o falta de financiación, como sostiene mi señora, hayan sido la causa de que la serie fuera discontinuada. Pero si fue así, el genio de Jordan debe ser aplaudido con más fervor aun por ese broche de oro que vale como clausura y continuidad a la vez.

"¡Ese final es una obra de arte!", exploto feliz. 

Sandra frunce levemente los labios, desaprobando mi entusiasmo.

A la memoria de Manuel Mujica Láinez

Daniel Milano


Encuentro con Sylvia



Será nomás como dice Mansilla en alguna causerie: "la emoción nos vuelve torpes".
Me presentan a la escritora Sylvia Iparraguirre, la musa constante de Abelardo Castillo (y disculpe que lo contradiga, don Cabrera Infante) sin estar preparado para la ocasión. Si hay algo que no tengo, a pesar de mis largos años de librero, es esa capacidad para el repentismo que admiro en muchos de mis compañeros. Sí sé desenvolverme con sobriedad y hasta con cierta elegancia -Narciso aparte- pero siempre dentro de lo establecido, del canon. Me falta el touch artístico que hace que un cliente, al volver, busque a su vendedor. Pero no es algo que me quite el sueño: he aprendido a convivir con mis limitaciones. Cuando en la librería detecto a alguien a quien admiro o me interesa particularmente, suelo tomarme un tiempo antes de provocar un cruce casual o, lisa y llanamente, abordarlo. En ese lapso que podría llamar de preservación, mi cabeza regula la emoción y genera las frases que, rompiendo con el frío automatismo, intentan una comunicación más cálida. Pero no siempre está atento mi radar.
-La señora es Sylvia Iparraguirre, D. Quiere hacerte unas preguntas -me sorprende Martín a quemarropa.

Creo que hasta mi saludo fue torpe. Respondí algo relacionado con una vieja edición de El método del Actor's Studio, de Lee Strasberg... y eso fue todo. Sylvia me agradeció y se dirigió a la caja por un libro que había reservado.
La emoción nos vuelve torpes. Atinado lo de Lucio V., creo que pensado en el contexto de una cena en la índica Chandernagor, en casa de un diplomático francés a cuya mesa se sentaba su hija o hermana, beldad hipnótica que había paralizado esa lengua suya, tan suelta incluso a los dieciocho años. Pero el recuerdo es difuso, debería buscar y revisar el artículo en el que Mansilla, ya entrado en años, rememora el hecho.
Lo cierto es que, como el dandi porteño, estuve torpe. Aunque no todo estaba perdido (o eso creía).

Tuve mi lapso de preservación mientras ella se demoraba en la caja. Fue apenas un momento, insuficiente para escarbar en la memoria en busca de algo que sirviera al menos para halagarla pero en el que sólo se encendió una palabra en mi cabeza como un ojo nictálope se abre en la oscuridad para acechar a su presa: Thar.

Thar es el título de un cuento de Abelardo Castillo que releí hace uno o dos años a raíz de una suerte de rememoración proustiana a partir de un nombre propio, visto en un mapa, en lugar de una magdalena ensopada en té o de un tropiezo en una piazza veneciana. El mapa era el de una red ferroviaria suburbana que me puse a examinar para abstraerme de las incomodidades de un viaje. Al levantar la cabeza entre los cuerpos que me rodeaban, vi sobre una ventanilla del tren en el que viajaba las líneas de colores de los distintos ramales con los nombres de las estaciones que las punteaban. Y, magia simpática o carnada semántica, la primera palabra que enfocaron con toda nitidez mis ojos cansados fue Jeppener, gatillo de memoria involuntaria.
Al comienzo de Thar (hermoso cuento cuyo contenido no importa aquí), Castillo, al señalar como locación el pueblo de Jeppener, asegura que no es un invento suyo, que el lugar es real. "Debo decir que Jeppener existe. El mapa de la provincia de Buenos Aires lo sitúa en la línea del Ferrocarril Roca, entre Brandsen y Altamirano." Había leído el cuento y lo había olvidado. Sólo lo recordaba como una experiencia literaria feliz. El nombre del lugar y la curiosa aclaración del autor, sin embargo, volvieron al instante. A pesar de haber dejado de frecuentar a Castillo hacía años por enojo ideológico, me propuse buscar el texto para hacer las paces con él. Como tampoco recordaba el título, no fue una búsqueda sencilla. Pero cuando lo encontré y volví a leerlo, mi sentimiento, como la primera vez, fue de gratitud. Lo ideológico no tiene por qué apartarnos de lo bello.
Apurado, esto fue lo que le arranqué a la memoria habiendo tantas cosas arrumbadas en ella más interesantes.

Me hubiera gustado preguntarle a Sylvia, por ejemplo, si fue ella la que se encontró en ese fresco pompeyano; si de veras se come la carne de albatros o se trata de un plato de su invención; si al escribir el final del microcuento de la niña, el unicornio y el guardabosques, oyó -como yo- quebrarse la ramita que provocó el encuentro imposible; si es cierto lo de Manucho y su gramática griega y cómo afectó la anécdota a Abelardo si se la contó en un descuido perverso; si al imaginar a ese tierno Balzac, flotante como un dios tutelar y juguetón, tuvo presente a Gerard Depardieu que lo interpretó gloriosamente en una película; si al escribir sobre Flaubert: "Bajo sus hombros de gigante normando lo acosan femeniles estremecimientos nerviosos, ensueños oscuros de los que vuelve con la piel erizada y un gusto como de sangre en la boca. Raro Flaubert, subyugado por los fenómenos de feria, las autopsias, el suntuoso sadismo de los harenes orientales", sufrió como él el martirio de la creación al elegir las palabras, ubicarlas y reubicarlas, retorcer las frases para darles la ductilidad deseada, en fin, si ese fragmento y lo que sigue, tan flaubertiano, fue una paciente y dolorosa construcción o salió de un tirón para desesperación del maestro si, como dicen, podemos espiarlo todo desde el ultramundo.
Podría también haberle preguntado por Jemmy Button, por el doblemente dudoso Pirinius, por Kishé, por su fascinación por el viento del fin del mundo y por el choque entre civilización y barbarie. O por qué el acápite de su libro Del día y de la noche es un haiku de Bashõ que suena como una obertura fúnebre. O asegurarle que de haber sido testigo del lento ritual suicida de Virginia Woolf tal como ella lo describe, no hubiera intentado evitar su muerte. O decirle que soy amigo de Javier, el tocador de timbres en la noche, que cuando la conoció, después del nocturno suceso que contaré en otra oportunidad, cambió una devoción por otra. O que una mañana, por un error de cálculo en un viaje, estuve en Jeppener y me pareció, al ver el cartel de ese pueblo perdido, que había atravesado un portal. O que una vez, hace eones, le di la mano a Abelardo y sentí que tocaba algo sagrado...

Thar, según Castillo en el cuento homónimo, significa venganza, no recuerdo -o nunca supe- en qué idioma. Espero que esta nota, aunque publicada en un espacio poco frecuentado, sirva como una suerte de desquite que me redima de mi torpeza.

Daniel Milano



Tertulia de momias



En La morte de Philae (Callman-Levy Editeurs, 1910), Pierre Loti dejó constancia de una espectral visita nocturna al Museo de Antigüedades de El Cairo que nos hubiera gustado transcribir íntegramente. Sin embargo, por su extensión considerable, nos vimos obligados a resumir la gótica excursión ensamblando un puñado de citas en un puzle que, esperamos, refleje en parte lo que regala el texto completo.

Prometemos, eso sí, un final a todo Loti.

"Somos dos y mientras iluminamos el camino con ayuda de una linterna, a través de estos vastos corredores, podríamos ser tomados por una guardia nocturna en su ronda."
Lo acompaña el director del museo, sin cuya amistad no hubiera podido realizar esta excursión ad inferos. Atraviesan la planta baja colmada de sarcófagos vacíos y objetos de culto diversos. Loti anota la impresión que le causan los sarcófagos a la errática luz de la linterna. De vez en cuando, "en un giro repentino, nos encontramos con un par de ojos de esmalte, ojos muy abiertos que penetran directamente en las profundidades de los nuestros, parecen seguirnos cuando pasamos y nos hacen temblar como al contacto de un pensamiento que viene del abismo de los siglos." Con frecuencia, entre los ataúdes, ve mangueras enrolladas como grandes serpientes expectantes. Pregunta a su acompañante qué puede haber tan inflamable en el piso, ya que los sarcófagos son de piedra arenisca. "Lo inflamable se encuentra arriba", responde el director. Loti recuerda entonces la "asamblea de momias; la vieja carne marchita, el cabello seco y muerto, los venerables cadáveres de reyes y reinas, empapados en natrón y aceites" que ha visto en sus visitas diurnas al museo. Siguen avanzando hacia la escalera que los llevará a la planta alta, extremando cuidados y tratando de dominar la inquietud ya que de día el lugar luce como lo que es, un museo, pero "de noche... ah! de noche, cuando todas las puertas están cerradas, es el palacio de la pesadilla y el miedo". Parecen escapar horribles "formas" no sólo de los cuerpos embalsamados sino también de los papiros, de las estatuas y de las innumerables cosas antiguas "que, en el fondo de las tumbas, han estado impregnadas de esencia humana durante mucho tiempo."
"A través de los pasillos silenciosos de arriba, ahora avanzamos directamente hacia aquellos a quienes les he exigido esta audiencia nocturna." A la luz indecisa de la linterna, observan "los papiros, los esmaltes, los jarrones que contienen entrañas humanas", hasta alcanzar "las momias de las bestias sagradas: gatos, ibis, perros, halcones, todos con sus telas de momia y sarcófagos, y monos, también, que siguen siendo grotescos incluso en la muerte."
En las salas superiores las "máscaras del color de la carne muerta se alternan con otras de oro que brillan cuando la luz de nuestra linterna juega sobre ellas momentáneamente a nuestro paso." En una mesa, en medio de una de estas habitaciones, "algo que hace temblar brilla en una caja de vidrio, algo frágil que falló en la vida hace unos dos mil años: la momia de un embrión humano. Y alguien, para apaciguar la malicia de esta cosa nacida muerta, le ha cubierto la cara con una capa de oro, porque, según la creencia de los egipcios, estos pequeños abortos se convierten en genios malvados si no se les otorgó el honor apropiado. Al final de su cuerpo insignificante, la cabeza dorada, con sus grandes ojos de feto, es inolvidable por su fealdad sufriente, por su expresión frustrada y feroz."
Siguen, en medio de un "aire pesado con el olor enfermizo de las momias", y, por fin, llegan a destino. "Este es el lugar. ¡Mira! Allí están", advierte su compañero. Ven a las momias yacentes o paradas en sus sarcófagos abiertos. La luz mortecina revela rostros ajados, muecas horribles, "manos con uñas demasiado grandes que sobresalen de trapos miserables" Reconocen a la reina Makeri, muerta al dar a luz, "con su rostro que nadie conoce, cubierto por vendajes intactos" y la momia de su bebé nacido muerto a sus pies para hacerle tolerable la eternidad. Y enseguida, las momias ilustres, amontonadas en siniestra tertulia, identificables por sus tarjetas que "dicen sus nombres tremendos: Seti I, Ramsés I, Seti II, Ramsés II, Ramsés III, Ramsés IV..." Una de ellas parece presidir la reunión, la de Sesostris, "momia de noventa años, desdentada, con una mano levantada en gesto imperativo, de reto. Es un fantasma a punto de desaparecer". Está "envuelto miles de veces en una maravillosa hoja enrollada, tejida con fibras de áloe, más fina que la muselina de la India." En el siguiente ataúd se encuentra Seti I, su padre, muerto muy joven. Es una momia muy bien conservada, de expresión serena, y "parece extraño que él, que se ve tan joven, tenga por hijo al anciano casi centenario que yace a su lado."


Ahora dejemos al propio Loti poner el broche de oro a la espectral recorrida, sin fastidiosas interrupciones.

"En nuestro pasaje hemos observado muchas momias reales, algunas tranquilas otras haciendo muecas. Pero, para terminar, hay una de ellas (el tercer ataúd, en la fila que tenemos enfrente), una cierta reina Nsitanebashru, a quien me acerco con miedo, aunque es principalmente por su cuenta que me he aventurado a hacer esta ronda fantástica. Incluso durante el día, alcanza el máximo horror que puede provocar una figura espectral. ¿Cómo será ella esta noche a la luz incierta de nuestra pequeña linterna?
"Ahí está, el vampiro desaliñado en su lugar, estirado a lo largo pero siempre como si estuviera a punto de saltar; e inmediatamente me encuentro con la mirada de reojo de sus pupilas esmaltadas, que brillan con los párpados medio cerrados, con pestañas que aún son casi perfectas. ¡Oh, es aterradora! No es que sea fea, por el contrario, podemos ver que era bastante bonita, y joven. Lo que la distingue de los demás es su aire de ira frustrada, de furia, por así decirlo, por estar muerta. Los embalsamadores la han coloreado muy religiosamente, pero el rosa, bajo la acción de las sales de la piel, se ha descompuesto aquí y allá y ha dado lugar a una serie de manchas verdes. Sus hombros desnudos y los brazos sobre los trapos que alguna vez fueron su espléndida mortaja, todavía tienen cierta redondez elegante, pero también tienen manchas verdes y negras, como se puede ver en las pieles de las serpientes. Seguramente ningún cadáver, ni aquí ni en otro lugar, ha conservado una expresión de vida tan intensa, de ferocidad irónica e implacable. Su boca está torcida en una pequeña sonrisa de desafío; sus fosas nasales están fruncidas como las de un ghoul ante el olor de la sangre, y sus ojos parecen decir a cada uno que se acerca: Sí, estoy acostada en mi ataúd; pero pronto verás que puedo salir de aquí. Hay como una amenaza en esa terrible expresión.
"Ahora que estamos a punto de retirarnos, ¿qué pasará aquí, con la complicidad del silencio, en las horas más oscuras de la noche? ¿Permanecerán inertes y rígidos todos estos cuerpos embalsamados, que fingieron estar tan callados porque estábamos aquí? Se reanudarán los intercambios de líquido humano antiguo como, quién duda de que lo hagan, cada noche entre un ataúd y otro. Anteriormente, estos reyes y reinas, en su ansiedad por el destino de sus momias, habían previsto violación, saqueo y dispersión entre las arenas del desierto, pero nunca esto: que se reunirían un día, casi todos descubiertos, tan cerca uno del otro debajo de los paneles de vidrio. Los que gobernaron Egipto en los siglos perdidos y nunca fueron conocidos, excepto por la historia, por los papiros inscritos con jeroglíficos, reunidos de esta manera, ¡cuántas cosas tendrán que decirse unos a otros, cuántas preguntas ardientes deben hacerse sobre sus amores, sobre sus crímenes! Tan pronto como nos hayamos ido, no, tan pronto como de nuestra linterna, al final de las largas galerías, no quede más que un resplandor moribundo, las "formas" que a los asistentes tanto atemorizan, ¿no comenzarán con sus retumbos nocturnos y, con sus huecas voces de momia, susurrarán palabras?
¡Cielos! ¡Qué oscuro está! Y aunque nuestra linterna no se ha apagado, el lugar parece oscurecerse más y más. ¡Y cómo huele este antro con el olor de los aceites de los que las mortajas están saturadas y, aún más intolerable, con el hedor enfermizo de todos estos cadáveres!...
Mientras recorro estos pasillos interminables, un vago instinto de autoconservación me induce a retroceder y mirar hacia atrás. Y me parece que la mujer con el bebé ya se está levantando lentamente, con mil precauciones, su cabeza completamente cubierta. Mientras más abajo, ese cabello despeinado... ¡Oh! ¡Puedo verla bien, sentándose con un tirón repentino, el vampiro con los ojos esmaltados, la dama Nsitanebashru!

Pierre Loti (1850-1923)


 

Trampantojo




Se va, muñeco. Y yo me siento su viudo.

Ricardo Mc Allister


Hace tiempo (cuatro lacerantes años), fui víctima de una broma literaria perpetrada por una amiga "bella como la impunidad" según la sibilina ocurrencia de Octave Mirbeau.    

La adorable Manuela Güell partía hacia ya no recuerdo qué sitio del globo, saliendo de mi vida para siempre. Como consuelo a mis lágrimas apenas retenidas por el tembloroso embalse de los párpados, puso en mis manos una compilación de cartas clásicas de contenido diverso aunque hilvanadas por cierta constante de oscuridad, como noté al terminar de leer.

Cartas extraordinarias, de María Negroni. Con un índice digno del catálogo de la Biblioteca de Alejandría: Melville, Shelley, Stevenson, Brontë...

Tan lúdica como hermosa, al entregarme el libro Manu me pidió que lo abriera por donde lo había marcado con varios señaladores y leyera las cartas elegidas "salteándote contratapa, solapa y prólogo para que el impacto sea total". "La última es mi favorita", dijo. Y agregó, sin soltar el libro, escrutándome con sus ojos de vampira egipcia: "Te pido que me prometas que vas a cumplir".

Dije "bella como la impunidad": nada me costó obedecer caninamente. Para completar el cuadro de seducción que era  -la Cleopatra de Von Stuck puede ayudar-, agrego una voz grave pero no por ello menos femenina, de médium en trance o cortesana ilustrada de la Roma imperial y viciosa. Al hablar parecía quedarse sin aire, espirar lo que decía... Pero veo que no sé referirme a ella sin recurrir a imágenes trilladas, a lamentables clichés. Cecilia Roth tiene esa voz envolvente y acariciadora... ¿cómo resistirme?

Apenas llegué a casa esa noche, me precipité sobre el volumen buscando notas en los márgenes de las páginas señaladas con mensajes explícitos o cifrados, o cuando menos subrayados sugestivos. Nada.

Después me dediqué a leer, rastreando entre líneas mensajes igualmente personales. Pero enseguida me perdí en la espesa o leve oscuridad que destilaban los textos.

Las cartas marcadas eran tres: una al comienzo, las otras dos cercanas al final.

La primera, de Emilio Salgari, estaba dirigida a sus hijos a quienes contaba, con un nudo en la garganta, las vicisitudes de su vida -la mezcla de realidad y ensoñación que había sido su vida-, sus penurias, los proyectos que se quedarían en neblina creativa, el angustiante pulsear con editores sin escrúpulos que lo habían encadenado a su escritorio como un galeote al remo de un barco, obligándolo a escribir sin pausa para mantener a gatas a su familia. Y, cerrando la misiva -tigre de Bengala herido de muerte-, el anuncio de su partida sin retorno, el rugido inaudible poniendo el punto final al folletín de su existencia.

La segunda era de Robert Louis Stevenson. Una carta rebosante de humor y ternura dirigida a Fanny Osbourne -norteamericana diez años mayor, de la que estaba perdidamente enamorado-, en la que afloraba sin embargo la angustia por la niñez perdida, manifestada en la loca idea de reeditar esa isla del tesoro que es la infancia las veces que le fuera posible, y por la sombra de la muerte, en la apenas disimulada mención de la tisis que acabaría con su vida. Frases hermosas: "La vida artística es mucho más que el mero precipicio de escribir"; "Lo que no sabes, tal vez, es que enfermarme es mi forma de pedir auxilio". Y algunas, hermosas y atrevidas: "Y yo no hacía más que olerte. No hacía sino girar en torno a ti, atraído por tu mezcla de sensualidad y esprit"; "Me gusta que el mundo minúsculo de Londres, con su corte de parásitos, te mire con recelo, que te tomen por una campesina vulgar -algo así como un animal sin ropas-, que vean en nuestra relación un negocio depravado, que se escandalicen con la diferencia de edad."

La última carta, la favorita de Manu, había sido fechada por Mary Shelley en 1840 en Villa Diodati, la célebre mansión a orillas del lago Leman donde cierta noche inclemente de veintitantos años atrás, los dos poetas más famosos de su tiempo junto a Mary, su hermanastra, y un médico con ínfulas de escritor, habían soltado la rienda a su oscuridad interior y, ensopados en láudano, convocado terrores que tiempo después fraguarían en narraciones -o fragmentos de ellas-, algunas de las cuales perdurarán hasta que el mundo, por determinación cósmica o humana, desaparezca. La misiva estaba dirigida a su madre largamente muerta y era un alarde de autorreferencialidad. Pero no tanto porque Mary hablara en ella de su vida -de su desbocada juventud, de sus relaciones de excepción, de sus hijos y esposo muertos-, sino por el metadiscurso que remitía a la profana creación de su monstruo, es decir, a su literatura. "Esta carta no tiene principio ni fin. No he hecho más que escribirla toda mi vida, tratando de darte alcance, de pegar fragmentos infructuosos para armar tu figura"; "mi esfuerzo vitalicio por resucitarte". Solo faltaba que la rompiera y rearmara luego, pegando los pedazos sobre otro papel antes de enviarla, para que la alusión a Frankenstein resultara palmaria. También, el recuerdo de su esposo ahogado en Italia asoma entre líneas: "Volveré a verte en la región de las brumas, madre. Allí podrás contestarme, ser tú misma un navío que zozobra, sin facciones en el rostro." Y la cabal expresión de su soledad, en cinco palabras: "Quedé rodeada de labios apagados."

Apenas terminé la obediente lectura, llamé a Manuela. Me atendió entre risas, la propia y las de amigos que pasaban con ella esa última noche en Buenos Aires. Le dije que había leído y quedado fascinado con las tres cartas que tanto se parecían en su pesimismo, a pesar de tratarse de autores que poco tenían en común. Su risa se aceleró hasta convertirse en un hermoso trémolo.

-Sabía que ibas a caer -dijo, ahogándose en su gorjeo.

-Perdón por molestar en plena orgía... -respondí, irritado por no formar parte de la fiesta.

-No, bobo. Me río de lo inocente que sos. Las cartas son apócrifas, las escribió Negroni.

La elocuencia de mi silencio le hizo creer que la comunicación se había cortado.

-Hola... ¡Hola!...

-Estafadora... -murmuré al fin.

-¿Quién? ¿Yo?

-Las dos...

-Bueno, lo tomo como un piropo. Equipararme con María Negroni, mi puente hacia lo inefable...

Después siguieron las frases de rigor en las despedidas y dos o tres promesas cruzadas que, sabíamos, no se cumplirían.

-Todo un trompe l'oeil -dije para esconder la angustia.

-¿Qué?

Mi pronunciación había sido tan mala que Manu, aplicada estudiante de arte, no había entendido ni jota.

-Esa técnica pictórica extendida en el Renacimiento que creaba una ilusión de continuidad espacial...

-Un trampantojo, decís.

-Eso mismo. Pero es tan fea esa palabra... trampantojo. Bueno, lo que quiero decir es que lo de Negroni es eso, un trampantojo, un trompe l'oeil literario. Entré como un caballo y me llevé puesta la pared.

-Bobo.

La dulce Manuela Güell se fue con la música de su risa a otra parte. En lugar de sus rasgos y, sobre todo, de su voz de médium o cortesana antigua, me dejó otra fuente de epifanías:  María Negroni. A quien no puedo leer sin recordarla.

Daniel Milano


Cartas extraordinarias, María Negroni.
Alfaguara, 192 páginas.



Un hombre irracional



Confieso no ser más que un espectador errático del cine de Woody Allen en lugar de un seguidor canino como casi toda la comunidad cinéfila argentina, por convicción o comodidad. (No es fácil discutir con un devoto suyo; sin exagerar, creo que es preferible, como dijera Hitler de Franco después de su primera y única reunión, sacarse un diente con una tenaza. ¿Sonríe quien me lee? De veras es menos traumático acatar la majestad de Allen que tratar de exponer un punto de vista que objete su cine.)

No obstante, acabo de ver Irrational Man, de su cosecha 2015.
El entusiasmo y la insistencia de un amigo que, hasta donde sé, tampoco le rinde pleitesía, hicieron que anoche, bien entrada la madrugada, me clavara sus noventa y seis minutos. No fue confianza ciega, tenemos nuestras diferencias de gusto. Él es un sommelier de casi todo; yo me conformo con dos o tres territorios bien acotados. Pero su defensa de Allen desde la alta literatura disparó mi curiosidad. Para convencerme de que debía verla, mensajeó: "Dostoievski, Crimen y castigo. Varias de sus películas giran alrededor de esa obra y se nota." Mi inquietud inmediata fue: ¿cuántas de las personas que conozco que esperan el estreno de la última película de W. A. como si no importara nada más en la vida, han leído a Dostoievski? La respuesta: ninguna. Apenas un sondeo de cinco, seis personas, pero el guarismo es contundente: 100%. No es moco de pavo.
Ahora bien: mi amigo es un espectador fino que, cuando quiere, riza el rizo sin romperlo. Si le da la gana, escribe un ensayo en el aire sobre una colilla de cigarrillo que acaba de aplastar o sobre una cucaracha muerta debajo de la mesa de un bar. Pero cuando elige no jugar, el equilibrio es su virtud. Si encontró a Dostoievski en la película de Allen es porque Dostoievski está ahí. Y no sólo porque en ella un personaje lo menciona y menciona su obra más conocida, sino porque la historia es una versión a escala doméstica de la dicotomía bien/mal, sobriedad/locura. Y de una forma tan llana, accesible, que la feligresía del rabino Woody (feligresía, rabino: mala relación, me parece) encuentra a Dostoievski no por conocimiento, por mérito propio, sino por mérito de Allen. Ahí habría una punta para entender la incondicionalidad de su público: el espectador de sus películas ignora a Dostoievski pero aprecia sus ideas cifradas en un lenguaje más simple y directo: el del cine. Dostoievski para legos. No es poco.

El de W. A. sería entonces un cine de grandes ideas ajenas, jibarizadas para que muchos sepan de Dostoievski sin haberlo leído, por ejemplo. Plagio útil, didáctico.
El problema es qué hace Allen con eso. En Un hombre irracional, Joaquin Phoenix encarna a un profesor de filosofía de cierto prestigio que ya no siente gusto alguno por la vida. Parece haber agotado todos los caminos: el de las ideas, el de las relaciones, el de la escritura, el del sexo. Sólo el alcohol lo sostiene aunque no llega a ebrio consuetudinario. Ni las reuniones con colegas, ni las insinuaciones de una profesora veterana pero todavía en edad de merecer, ni las fiestas, ni el floreo de una estudiante (Emma Stone) a la que seduce por reflejo, pueden sacarlo de su catatonia existencial. Demasiada filosofía (a la que define al comienzo de la película como mera "masturbación verbal") lo ha puesto en un callejón de tedio sin salida del que sólo la muerte...

Spoiler! ¿Cómo decir lo que quiero decir sin referirme a la trama? Dilema cruel...

Resuelto: elijo escribir para quienes vieron la película.

Recordará mi lector que Abe Lucas, el protagonista, sale de la arena movediza que ya le llega al cuello al escuchar la lamentación de una mujer que está a punto de perder la tenencia de sus hijos por el accionar legal de un esposo despiadado, pero especialmente por el juez que ha recibido la causa que, siendo amigo de él, seguro fallará en su contra. En medio de su dolor, murmura que no tiene dudas sobre ello a pesar de que la asisten todas las luces de la verdad y el derecho. 
En ese momento de oscuridad nodal de la película, Lucas ve la oportunidad de salir de su infierno existencial apelando a la muerte como única salida. Pero no a la propia muerte como cabe esperar de un filósofo, sino al asesinato. Oscuro, oscuro con ganas.
Dos mil quinientos, tres mil años de filosofía, ¿para qué? En verdad, pura "masturbación verbal".

Ya tenemos a Lucas afianzado como héroe anónimo, tenemos película.
Y, sin decepcionarnos, Woody Allen hace que Abe ejecute al juez según un plan no demasiado sutil pero efectivo.
¿Pero qué pasa después? Después, decepcionantemente, la historia se resuelve según los cánones de una moral relamida, típica del peor cine occidental.
Sólo la vuelta de tuerca del acusado inocente que obliga a Jill (Emma Stone) a rever lo que siente por Abe y a decidir (según la misma moral relamida de arriba) delatarlo si no se entrega, aporta un último elemento digno de consideración. Lo demás es de mala telenovela nacional (abrevio: de telenovela nacional): el intento de asesinato, el forcejeo, la linterna providencial pisada por Abe (¡la linterna que había ganado para ella en el parque de diversiones!), su caída por el hueco del ascensor, el castigo por muerte violenta... Malvados, locos, filósofos desencantados: ¡abstenerse de ideas parecidas!

(Observación obligada: el amor, contra toda moral, no admite la delación. Como botón de muestra Kindergarten, la oscurísima novela de Asher Benatar que merece un espacio en este blog.)

La historia pudo haber seguido por canales más lógicos, sin traicionar su oscuridad. Y ni siquiera hablo de canales originales, impredecibles. Resolverse, por ejemplo, con la consumación del segundo intento de asesinato (el de Jill) y el sugerente final en el que Abe pone su atención en una próxima víctima que merece su destino. Final manoseado, gastado por el cine pero mejor que el tonto final de Allen. Hasta admitiría el detalle, cobardemente evitado, de que en lugar de pisar la linterna Abe patee un osito de peluche al hueco del ascensor por el que ha caído Jill después del mismo forcejeo plasmado por W. A. Desde la oscuridad del hueco, como si nuestro punto de vista fuera el del osito cayendo de espaldas siguiendo a su dueña a su triste destino, veríamos a Lucas mirando fija y desafiantemente la oscuridad, convertido en un héroe tortuoso como los del cineasta indio N. Night Shaymalan. De un Dostoievski actualizado, de crimen sin castigo,  de eso hablo.

Woody Allen tiene excelentes ideas dramáticas que no sabe o no se anima a sostener. Y no basta, para disimular sus limitaciones, etiquetar: comedia negra.

Lo demás (la figura de Phoenix gruesa y abatida, la sonrisa y los soleros de Emma Stone, la actuación de Parker Posey, las tomas del claustro universitario y de los alrededores) está muy bien. Allen se encuentra en las antípodas de esos fariseos del cine que disponen de ingentes cantidades de dinero para filmar superproducciones que todo lo apuestan al fasto visual. Es más bien un judío anónimo que, en el revuelo que arma Jesús al echar a los mercaderes del templo, levanta unas pocas monedas del suelo sin que nadie lo note y hace con ellas una película correcta. Poco más.

¿Qué nos da el cine de Woody Allen, entonces? Entramos a ver sus películas, nos provoca una cierta conmoción, se decide por el final más esperado, nos roba un aplauso discreto (rabioso a los incondicionales) y salimos del cine como los buenos burgueses que éramos al entrar.

¿Y?

Hablé de cosecha al comienzo de la nota.
Malbec bien presentado el de Allen, pero del montón.

Conrado Lois
 

Tamiz



Steven Millhauser otra vez, pero no el mismo.

Quiero decir: entre Martin Dressler, que leí hace tiempo, y este deslumbrante Museo Barnum que acabo de cerrar, hay una grieta conceptual y de forma tan amplia que resulta difícil creer que haya sido salvada por la misma pluma. Son libros diametralmente opuestos; en todo caso, cuesta atribuirlos al mismo autor sin imaginar una violenta dislocación de su creatividad.

Pero puede que esa grieta se abra sólo a espaldas de quien lee, después de abandonar un libro ripioso, aburrido, y entregarse a otro felizmente absorbente, hipnótico. Desde luego, tanto en el caso de uno y otro -autor y lector-, tallan cuestiones de todo tipo al momento de escribir y leer, y no es fácil que entre ambos surja el arco voltaico de la empatía. El tema elegido, su desarrollo, la situación emocional de cada uno, la reescritura que comporta toda lectura que puede estar en las antípodas de la intención del creador, pueden ser algunas de las razones de divorcio entre autor y lector. Un amigo habla hasta de "elecciones estacionales", de libros que hay que leer en verano y no en invierno, en otoño pero no en primavera. En enero recibí un mensaje suyo que decía: "Comenzado otra vez Los últimos días de Shelley, frente al mar. Ahora sí." Con su parquedad habitual, me daba la razón -le había señalado el libro de Biagi como "maravilloso"- después de casi tirármelo por la cabeza el invierno anterior.

¿Y qué decir de la madurez de quien escribe?

(Pero, ¿cada libro nuevo mejora el anterior? Parece una bobada sugerirlo. Además, hilando fino, no puede saberse si un libro es, en la producción del autor, posterior al que lo precedió editorialmente. Puede que se trate de un texto temprano, vuelto a la vida después de un largo trance cataléptico en un cajón olvidado.)

¿Y qué decir de la madurez de quien lee?

(¡Ah! El lector, lejos de ser un juez divino que decide monolíticamente qué es lo que debe perdurar y qué lo que debe desecharse, es un receptor falible en constante proceso de evolución.) 

Sí, las razones por las que autor y lector pueden o no concurrir en un libro son incontables... y misteriosas.


¡Y ni qué hablar de la barrera del idioma!

Traducir, no descubro nada, es un trabajo arduo e ingrato. Nadie más lejos del asunto que yo, pero me atrevo a aseverarlo porque tengo amigos que se dedican a ese amargo aunque indispensable menester. Alguno sufre full time.

"Traduttore, traditore'", "aproximación", "decir casi lo mismo", "literalidad o literariedad": algunas de las expresiones usuales para dar cuenta de un ejercicio que, claramente, no es una ciencia.

Sensible a la metáfora visual, me gusta ver el trabajo del traductor como un proceso de tamizado. Puesto el texto original en el cedazo de los conocimientos y sensibilidad de quien traduce, pasan las palabras y caen como texto traducido. Pero hay vocablos, expresiones y hasta fragmentos rebeldes que quedan bailando una tarantela sobre el tamiz: los que ponen a prueba la destreza del traductor.

No voy a hablar de la versión del Martín Dressler -que poco o nada me dejó de Millhauser- porque escribo esto para dar cauce a mis preferencias, no a mis decepciones. Sí voy a decir algo de la eficaz traducción de Museo Barnum que me hizo ver a Millhauser como un integrante más de ese club de autores exquisitos del que forman parte Robert Aickman, Terence White y M. John Harrison, y que cuenta, entre sus socios fundadores, nombres casi secretos como los de M. P. Shiel y Robert Chambers.

María Negroni se ha tomado su trabajo como un obsesivo buscador de oro, que no renuncia al examen de ninguna piedra por estéril que parezca hasta que ve la pepita ocluida en ella y la extrae con delicadeza de cirujano.

Pepita: la opción precisa, entre académica y coloquial, que no evita lo argótico pero no pone en riesgo el texto cayendo en abusos.

Así, su versión resulta límpida y elegante, punteada de palabras y frases cálidas para el lector de estas latitudes, sin caer en equivalencias excesivamente criollas y menos en tentaciones obscenas como reemplazar tuteo por voseo.

"Afuera garuaba", "Me detuve en todas las vidrieras, todas." "maniseros"... Hasta se admite (con algo de trabajo, es cierto) el localismo "pochoclo", a pesar de ensuciar el agua de un estanque de sirenas de un museo grande y laberíntico como Xanadú...

Negroni sabe que "pochoclo", cacofonía aparte, es un disparador de infancia. La suya es una elección bradburiana.

Yapa: el prólogo, también a cargo de la poeta, revelador de la figura de Millhauser y cuajado de reflexiones interesantes: "La literatura, pareciera sugerir Millhauser, se mueve, como todo ensoñadero, entre la vacilación, el desacato y la delectatio, no para representar algo, sino para que la representación ceda sus derechos a la eterna invención de lo mismo."; "llevar al lector al borde de una epifanía abrumadora y abandonarlo allí para siempre"; "la imaginación, que es otro nombre del deseo".

Soy un lector silvestre, sin recursos críticos, pero no por ello como... lo que sea. En mi ADN hay un buen lector. Mi padre lo es y es posible que mi abuelo, de haber aprendido a leer, también lo hubiera sido. En nosotros siguen hojeando libros nuestros ancestros.

De Millhauser queda en mis estantes August Eschenburg.

Mi próxima lectura, a condición de que la traducción sea de María Negroni.

Daniel Milano


Museo Barnum, Steven Millhauser. 
Traducción y prólogo de María Negroni.
Interzona, 144 páginas.

El amigo

Estoy aún con la sensación en la piel. Pero aún así, sé que no pasará del todo.

Ana Paula Keczeli Meszaros


Hermoso. Debo confesar que me toca desde varios lados por lo que no hay mucha objetividad en mí en este momento. Cierto también es que opino a pocos minutos de leer la última palabra escrita allí. Estoy aún con la sensación en la piel. Pero aún así, sé que no pasará del todo.
No es lineal, es poético y filosófico. Ideal para lectores asiduos pero muy interesante para quienes buscan referentes de la literatura. Es de esos libros que tienen un bonus extra, que abren una puerta a nuevos universos literarios. Es una historia de escritores y como tal es visitada por muchos otros escritores.
Más allá de eso, es amistad y amor y duelo y la convicción de que somos todo lo que nos pasa, somos los que nos abrazan y los que dejamos ir. En esta era de soltar, aquí la memoria emerge como usina identitaria.


El amigo, Sigrid Nunez.
Anagrama, 208 páginas.