Encuentro con Sylvia



Será nomás como dice Mansilla en alguna causerie: "la emoción nos vuelve torpes".
Me presentan a la escritora Sylvia Iparraguirre, la musa constante de Abelardo Castillo (y disculpe que lo contradiga, don Cabrera Infante) sin estar preparado para la ocasión. Si hay algo que no tengo, a pesar de mis largos años de librero, es esa capacidad para el repentismo que admiro en muchos de mis compañeros. Sí sé desenvolverme con sobriedad y hasta con cierta elegancia -Narciso aparte- pero siempre dentro de lo establecido, del canon. Me falta el touch artístico que hace que un cliente, al volver, busque a su vendedor. Pero no es algo que me quite el sueño: he aprendido a convivir con mis limitaciones. Cuando en la librería detecto a alguien a quien admiro o me interesa particularmente, suelo tomarme un tiempo antes de provocar un cruce casual o, lisa y llanamente, abordarlo. En ese lapso que podría llamar de preservación, mi cabeza regula la emoción y genera las frases que, rompiendo con el frío automatismo, intentan una comunicación más cálida. Pero no siempre está atento mi radar.
-La señora es Sylvia Iparraguirre, D. Quiere hacerte unas preguntas -me sorprende Martín a quemarropa.

Creo que hasta mi saludo fue torpe. Respondí algo relacionado con una vieja edición de El método del Actor's Studio, de Lee Strasberg... y eso fue todo. Sylvia me agradeció y se dirigió a la caja por un libro que había reservado.
La emoción nos vuelve torpes. Atinado lo de Lucio V., creo que pensado en el contexto de una cena en la índica Chandernagor, en casa de un diplomático francés a cuya mesa se sentaba su hija o hermana, beldad hipnótica que había paralizado esa lengua suya, tan suelta incluso a los dieciocho años. Pero el recuerdo es difuso, debería buscar y revisar el artículo en el que Mansilla, ya entrado en años, rememora el hecho.
Lo cierto es que, como el dandi porteño, estuve torpe. Aunque no todo estaba perdido (o eso creía).

Tuve mi lapso de preservación mientras ella se demoraba en la caja. Fue apenas un momento, insuficiente para escarbar en la memoria en busca de algo que sirviera al menos para halagarla pero en el que sólo se encendió una palabra en mi cabeza como un ojo nictálope se abre en la oscuridad para acechar a su presa: Thar.

Thar es el título de un cuento de Abelardo Castillo que releí hace uno o dos años a raíz de una suerte de rememoración proustiana a partir de un nombre propio, visto en un mapa, en lugar de una magdalena ensopada en té o de un tropiezo en una piazza veneciana. El mapa era el de una red ferroviaria suburbana que me puse a examinar para abstraerme de las incomodidades de un viaje. Al levantar la cabeza entre los cuerpos que me rodeaban, vi sobre una ventanilla del tren en el que viajaba las líneas de colores de los distintos ramales con los nombres de las estaciones que las punteaban. Y, magia simpática o carnada semántica, la primera palabra que enfocaron con toda nitidez mis ojos cansados fue Jeppener, gatillo de memoria involuntaria.
Al comienzo de Thar (hermoso cuento cuyo contenido no importa aquí), Castillo, al señalar como locación el pueblo de Jeppener, asegura que no es un invento suyo, que el lugar es real. "Debo decir que Jeppener existe. El mapa de la provincia de Buenos Aires lo sitúa en la línea del Ferrocarril Roca, entre Brandsen y Altamirano." Había leído el cuento y lo había olvidado. Sólo lo recordaba como una experiencia literaria feliz. El nombre del lugar y la curiosa aclaración del autor, sin embargo, volvieron al instante. A pesar de haber dejado de frecuentar a Castillo hacía años por enojo ideológico, me propuse buscar el texto para hacer las paces con él. Como tampoco recordaba el título, no fue una búsqueda sencilla. Pero cuando lo encontré y volví a leerlo, mi sentimiento, como la primera vez, fue de gratitud. Lo ideológico no tiene por qué apartarnos de lo bello.
Apurado, esto fue lo que le arranqué a la memoria habiendo tantas cosas arrumbadas en ella más interesantes.

Me hubiera gustado preguntarle a Sylvia, por ejemplo, si fue ella la que se encontró en ese fresco pompeyano; si de veras se come la carne de albatros o se trata de un plato de su invención; si al escribir el final del microcuento de la niña, el unicornio y el guardabosques, oyó -como yo- quebrarse la ramita que provocó el encuentro imposible; si es cierto lo de Manucho y su gramática griega y cómo afectó la anécdota a Abelardo si se la contó en un descuido perverso; si al imaginar a ese tierno Balzac, flotante como un dios tutelar y juguetón, tuvo presente a Gerard Depardieu que lo interpretó gloriosamente en una película; si al escribir sobre Flaubert: "Bajo sus hombros de gigante normando lo acosan femeniles estremecimientos nerviosos, ensueños oscuros de los que vuelve con la piel erizada y un gusto como de sangre en la boca. Raro Flaubert, subyugado por los fenómenos de feria, las autopsias, el suntuoso sadismo de los harenes orientales", sufrió como él el martirio de la creación al elegir las palabras, ubicarlas y reubicarlas, retorcer las frases para darles la ductilidad deseada, en fin, si ese fragmento y lo que sigue, tan flaubertiano, fue una paciente y dolorosa construcción o salió de un tirón para desesperación del maestro si, como dicen, podemos espiarlo todo desde el ultramundo.
Podría también haberle preguntado por Jemmy Button, por el doblemente dudoso Pirinius, por Kishé, por su fascinación por el viento del fin del mundo y por el choque entre civilización y barbarie. O por qué el acápite de su libro Del día y de la noche es un haiku de Bashõ que suena como una obertura fúnebre. O asegurarle que de haber sido testigo del lento ritual suicida de Virginia Woolf tal como ella lo describe, no hubiera intentado evitar su muerte. O decirle que soy amigo de Javier, el tocador de timbres en la noche, que cuando la conoció, después del nocturno suceso que contaré en otra oportunidad, cambió una devoción por otra. O que una mañana, por un error de cálculo en un viaje, estuve en Jeppener y me pareció, al ver el cartel de ese pueblo perdido, que había atravesado un portal. O que una vez, hace eones, le di la mano a Abelardo y sentí que tocaba algo sagrado...

Thar, según Castillo en el cuento homónimo, significa venganza, no recuerdo -o nunca supe- en qué idioma. Espero que esta nota, aunque publicada en un espacio poco frecuentado, sirva como una suerte de desquite que me redima de mi torpeza.

Daniel Milano



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